Por qué educar para la empatía

Como todas las mañanas, me dispongo a sacar de paseo a Ringo. Al salir de casa me cruzo con uno de esos vecinos, como los que todos tenemos, uno de esos a los que les dices “hola, buenos días”, y acto seguido notas como tus deseos de buenos días se van perdiendo en la lejanía cual eco.

Nunca he sabido muy bien, o no he querido saber, si el problema es que no oye bien, no puede hablar o es que no me desea a mí lo mismo… un simple “buenos días”.

Dando vueltas a estos pensamientos continúo mi camino hacia el parque de perros. Allí hay otro tipo que también ha sacado a pasear al suyo, o eso es lo que yo creía hasta que su forma de actuar me hizo pensar lo contrario: era el perro el que sacaba a pasear al animal de su dueño. El señor, por llamarlo de alguna forma, insultaba y gritaba al perro con la intención de que acudiera a su lado, obviamente éste no hizo caso y se llevó su reprimenda. Al perrito debió soltársele la tripa del disgusto o simplemente dio rienda suelta a una de sus necesidades más básicas. Una vez terminó, pude apreciar como finalizaba el recital de malas costumbres que me había reservado este señor, a estas alturas, supongo que como todos os podréis imaginar, las necesidades del perrillo se quedaron en la acera mientras el tipo se alejaba maldiciendo al pobre animal. Con el run run de la escena presenciada me dirigí a casa, dejé a Ringo y cogí el coche, tenía cita en el centro de salud e iba bien de tiempo así que durante el trayecto presté especial atención en darme cuenta de lo terriblemente competitivos que nos convertimos la mayor parte de los seres humanos al volante, la lucha por un puesto de más o de menos en un atasco de vehículos puede llegar a ser terrible, cruzar un paso de peatones en algunos casos llega a ser una odisea y que un conductor le ceda el paso a otro y éste a su vez se lo agradezca es ciencia ficción.

Una vez ya en el centro de salud, con prisas y cierto temor porque se me pasara la hora del médico, compruebo como la sala de espera está atestada y un hombre mayor le dice a su mujer muy enojado “no tienen educación, vamos, que tengamos que estar nosotros de pie y ellos ahí sentados, con las maquinitas… ”, “eso antes no pasaba”. Giro la cabeza y veo a dos chicos, sentados, móvil en mano y cascos en orejas totalmente ajenos a todo lo que allí se cocía.

En la sala de espera hay una norma, el que llega hace dos preguntas: ¿Por cuál hora va? Y ¿tú qué hora tienes? Esta última se efectúa tantas veces como personas hayan esperando y por regla general, la hora más próxima libre, es la de esa señora que pregunta y a la que no le han dado papelito porque la pidió por teléfono. Eso sí, si llega otra persona con la misma hora, entonces es que se han equivocado y han dado la misma hora dos veces. Obviamente la señora sin papelito entra antes porque estaba antes. Otra cosa curiosa que también pasa en las salas de espera es que cuando llegas y das los buenos días (mala costumbre la mía), aunque esté completamente llena, tan solo son unos pocos, los más mayores por regla general, osan separar sus ojos de sus teléfonos móviles y devolver el saludo.

La verdad es que, como dije al principio, el día no pintaba bien, fui al quiosco para comprar el periódico y allí pude ver como un par de niños se dirigían a la quiosquera sin ningún tipo de saludo o frase de cortesía, sin emplear ningún tipo de condicional en ninguna de sus peticiones y por supuesto sin por favores, sin gracias ni de nadas, lo dicho, el día no pintaba bien.

Una vez en casa y con mi periódico en la mano pude comprobar cómo lo que se antojaba una intuición se confirmaba a medida que pasaba las hojas del periódico: Urdangarín, Bárcenas, los Eres, aumento de desempleo, posible rescate a Bankia, desahucios, más casos de violencia de género y una novedad dentro de este caos llama mi atención, más caos, desde 2007 hasta 2012 el número de denuncias de violencia intrafamiliar se ha multiplicado por 8.

Evidentemente nosotros no somos culpables del caso Bárcenas, ni de los Eres, ni del caso Urdangarín, ni del rescate a Bankia, ni de los miles de casos de desahucios, ni de la violencia de género, al igual que tampoco somos los responsables de que ese señor no recogiera la caca de su perro, ni de que esos niños le hablaran a la quiosquera con tan poca educación, tampoco tenemos la culpa de que el coche nos quite la condición de seres humanos convirtiéndonos solo en seres y ni mucho menos hemos de sentirnos responsables de que mi vecino ignore sistemáticamente mis buenos días o de que esos chicos vivan absortos en sus teléfonos y no sean capaces de ceder su asiento a quien la vida le ha hecho merecedor de él.

A estas alturas alguno pensará “El mundo está como está y yo no puedo cambiarlo”, y no creo que le falte razón. Es cierto que cambiar las estructuras de todo aquello que se tambalea no es fácil o no está en nuestras manos.

Pero lo que sí está en nuestras manos es darle a los más pequeños todas las herramientas y habilidades necesarias para que sean capaces de entender los conflictos como algo positivo y resolverlos de forma efectiva, que puedan trabajar su resiliencia o la tolerancia a la frustración, y sobre todo, fomentando en ellos valores como la colaboración, la justicia, el respeto y la asertividad. Y la Empatía es la única fórmula que tenemos para tratar de evitar que dentro de 30 años sigan habiendo tantos ERes, Bárcenas, Urdangarines, Bankias…

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